Leonel Fernández: ¿desconectado de la realidad?

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El autor es abogado y profesor universitario.

Por ALEJANDRO SOLANO

  En nuestro país estamos acostumbrados a oír hablar, cada cuatro años, acerca de la necesidad de que se produzca un debate televisado entre los candidatos presidenciales de las diferentes organizaciones políticas que tercian en los certámenes electorales instituidos por la Carta Magna para elegir al Presidente de la República.

   También estamos habituados a observar que los candidatos más interesados en debatir son los que tienen menos posibilidades de ganar. Este año los dos candidatos punteros no pudieron participar porque tenían obligaciones que se lo impedían. En cambio, el candidato  que está en tercer lugar, lejano del segundo, parece que no tenía ningún compromiso.

     Ese último aspirante a la Presidencia es el doctor Leonel Fernández, quien ha ejercido el cargo tres veces, y cuando estaba por encima de sus oponentes tenía compromisos que le impedían participar en los debates. En aquel tiempo se hablaba del águila y de su negativa a cazar a algunos insectos voladores por el tamaño diminuto de estos.

    El pueblo que va a votar el 5 de julio sabe mucho más de lo que creen algunos integrantes de la fauna política. Uno de los conocimientos que el pueblo acumula se expresa diciendo que al que escupe para arriba la saliva le cae en la cara. Basados en esa manifestación de la sabiduría popular, algunos intérpretes se preguntan si la inasistencia de Gonzalo y Abinader tendría causas similares a los tres plantones que les hizo el doctor Fernández a otros.

    Es notoria la diferencia entre Leonel Fernández y los otros dos aspirantes en cuanto a la capacidad para maniobrar con las palabras. Si se producía el debate, él creía que iba a comer con su dama. Como él es el único que sabe conceptualizar, ese encuentro verbal estaba destinado a ser un paseo, un triunfo arrollador para él, en vista de su evidente superioridad en esa materia que  se llama oratoria, pero que el pueblo reconoce como mareo.

     El presidente de la Fuerza del Pueblo es un mareador tan grande, que ahora anda por todo el país y por los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, diciéndole a la gente lo que hay que hacer para resolver cada uno de los problemas que no supo o no quiso resolver en ninguna de las tres ocasiones en que le tocó ser Presidente de la República.

    La gente pregunta: ¿A quién? ¿A papá? Porque, ¿cómo usted se atreve a venir con su cara limpia y su sonrisita de yo no fui a proponer soluciones para el problema educativo del país? ¿Se le olvida que usted fue Presidente en tres períodos y cada vez que se refería a ese tema lo hacía para justificar su negativa a aumentar el presupuesto a educación? ¿No recuerda que usted se dedicó durante largos años, desde la cúspide del poder, a violar la Ley que le asigna a educación el 4 por ciento del producto bruto interno?

  Tuve un vecino que se ganó el muy justo sobrenombre de Hay que. Fue una de esas designaciones que logran la unanimidad. Nadie en el vecindario podía estar en desacuerdo, porque el amigo Hay que nunca faltaba a las reuniones de la junta de vecinos, y en cada una de ellas él hacía uso de la palabra para plantear una situación que debía ser afrontada. Además, indicaba las acciones que debían llevarse a cabo para resolverla.

    Era un teórico para la solución de todos los problemas, pero al mismo tiempo era un cero a la izquierda cuando se trataba de poner en práctica cualquier idea. Como era tan bueno teorizando y analizando, la mayoría de los miembros de la comunidad lo eligieron en tres ocasiones como presidente de la junta de vecinos. Sus discursos eran floridos, hechos con palabras sonoras, translúcidas, casi poéticas, pero siempre las intenciones se quedaban reflejadas en la expresión hay que.

    ¿Y adónde vamos a llegar con esa característica del amigo Hay que? Pues ya llegamos. El vecino era displicente para realizar las acciones convenientes para la colectividad, pero era muy activo a la hora de llevar a cabo ejecutorias que chocaban frontalmente con los intereses legítimos del vecindario.  Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

     Veamos un caso. En el año 2009, el doctor Leonel Fernández tuvo una ocurrencia genial.  Quería hacerles un presente a una mafia peor que la Siciliana integrada por norteamericanos de mucho poder que le ha hecho daños inmensos a su país y a otros muchos países del mundo. Entre esos señores hay uno que es asesor del licenciado Luis Abinader, y, cuando fue alcalde de la ciudad de Nueva York, hizo matar a miles de personas. Otros destacados miembros de ese grupo son dos, padre e hijo, que han sido presidentes de los Estados Unidos de Norteamérica.

     Pues bien: el doctor Leonel Fernández tuvo la brillante de regalarles a esos amigos nada más y nada menos que una mina de oro; pero no una minita insignificante. Fue una mina que vale más de cien mil millones de dólares. Eso es lo que se llama un presidente dadivoso, como diría cualquier dominicano, quien al mismo tiempo podría pensar que a ese expresidente le queda muy bien el sobrenombre León que le han puesto sus aláteres. Ante   la dimensión exagerada del regalo, otro dominicano, recordando el título de una película criolla titulada ¡Qué león!, se pregunta por qué tenía ese señor que donar lo ajeno. 

    Para materializar el regalo de la mina de oro de Cotuí, el Presidente Fernández preparó el contrato y lo envió a la Cámara Baja con el encargo expreso de que lo aprobaran de urgencia sin leerlo y que se lo devolvieran inmediatamente. Cuando la prensa les preguntó a los diputados en qué consistía el contrato, todos contestaron que no sabían, porque ellos no lo leyeron. Ninguno se dio cuenta de que el contrato distribuía el producto de la explotación de la mina en dos partes: el  3 % para nuestro país y el 97 % para la Barrik Gold.

   Indignado por ese despropósito, que solo puede acometerlo una persona desconectada de la realidad, el Presidente Danilo Medina designó una comisión integrada por funcionarios honorables para renegociar el contrato, que más leonino no podía ser. El resultado fue la elevación del 3 al 67 % para la República Dominicana.

  El doctor Leonel Fernández es un encantador de serpientes que durante 20 años fue presidente de un partido que lo hizo jefe del Estado en tres períodos, y, según dijo hace unos días, ese partido es una mafia Siciliana. Como veinte años no es nada, él se enteró 20 años después. Y uno se pregunta si cuando hizo esa afirmación el expresidente de la República  estaba desconectado de la realidad. Si fue así se podría llegar a la conclusión de que tal vez esa sería su condición cuando les regaló esa mina de oro ajena a sus amigos de la Barrik Gold.