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lunes, octubre 19, 2020

Las dos preguntas de nuestro siglo

Patria…jaula de bambúes

Para un pájaro mudo que no tiene alas

Héctor Incháustegui

En un siglo conviven tres generaciones. La de los mayores que ya han traspasado la antorcha; la generación que se halla en el mando de la vida social y, finalmente, la de los hijos a los que les entregaremos las riendas de la sociedad.

Tras 172 años de existencia como nación independiente, todas esas generaciones de dominicanos se han planteado fundamentalmente dos preguntas. Vamos a intentar responderlas. Una se refiere al modelo político, y la última a la naturaleza de la sociedad en la que queremos vivir.

En el último tramo del siglo XX, la pregunta que obsesionó a todos los hombres y mujeres de mi generación era: ¿En qué sistema político queríamos vivir? ¿Cómo podíamos construir la felicidad, después de haber vivido los horrores de una dictadura totalitaria (1930-1961)?

El modelo político

Tras la caída del dictador Rafael Trujillo, el 30 de mayo de 1961, entraron al escenario dos proyectos políticos que fueron primero divergentes y luego completamente antagónicos.

El primero de ellos era organizar una sociedad democrática, donde comenzara a imperar el pluripartidismo. Un poder judicial independiente y profesional y un poder legislativo que fuese el reflejo de las distintas preferencias y de las competencias de los partidos. Tenía el país, además, la obligación de propiciar el surgimiento de una prensa libertada de las mancuernas del poder dictatorial: la censura, la sumisión y la adulación del dictador. Se trataba de fomentar el ejercicio del criterio en una sociedad que había sido amordazada por el control de todos los medios de comunicación, de la escuela, de las asociaciones, de los gremios y de la Iglesia. Una sociedad, en resumidas cuentas, aterrorizada por las represalias de los aparatos represivos: policía, Ejército, sistema de espionaje. Una sociedad, sujetada por el control que tenía el régimen de más del 90% de todos los empleos. E inmovilizada en el territorio, al punto de que el país se había transformado en una auténtica cárcel, donde era imposible desplazarse de una provincia a otra, sin ser escudriñado, olfateado por los sabuesos del régimen. No existía la privacidad de la correspondencia ni de las comunicaciones telefónicas. Todos los cuerpos de seguridad se habían dedicado a cercar a los opositores. En todos esos años, se perdieron los hábitos de vivir en democracia. Era natural que en el esfuerzo por construir una sociedad democrática aparecieran vestigios, reminiscencias de la vieja tradición despótica.
Tras el paréntesis de inestabilidad que representó la guerra de abril de 1965, comienza a fraguarse entre nosotros la tradición utópica. El proyecto de los hombres y mujeres más influyentes en la segunda mitad de ese siglo era el socialismo. . En nombre de una sociedad imaginaria, un grupo de hombres y mujeres se sumergieron, entonces, en la guerrilla redentora de la clase trabajadora. Pensaban que con esta maniobra lograrían destruir la propiedad privada, alcanzarían la igualdad de todos los miembros de la sociedad, que después haber exterminado rotundamente a la clase burguesa— compuesta por los propietarios, comerciantes e industriales— habrían llegado a la tierra prometida. La idea de la Revolución se conectaba con el pensamiento mágico. Según esto, todos los sufrimientos que padece la sociedad concluirían con la victoria revolucionaria. Ya sea mediante un triunfo electoral o bien mediante una guerra social que suplantara al Ejército, e implantara el nuevo orden. Se trata de la implantación de un régimen de partido único. Una sociedad de pensamiento dirigido, de autoabastecimiento, sin libertad de asociación, sin libertad en la expresión del pensamiento y sin libertad de reunión.
.Seducidos por este ideal, los partidos de la izquierda revolucionaria, penetraron en los liceos públicos y en la Universidad del Estado con este catecismo disolvente lograron adoctrinara una generación entera de hombres y mujeres. Perviven muchos de sus valores, la idea de que lo económico debe prevalecer por encima de las ideas y del derecho; el internacionalismo debe suplantar al nacionalismo.

Toda esa circunstancia nos llevó a un antagonismo, que, en algunos casos llegó a ser brutal. La sociedad había quedado deslindada en dos polos. Uno, que trataba de mantener el sistema económico, el pluralismo político, la Constitución votada en 1966 e imaginar la posibilidad de alcanzar progresos dentro de esas estructuras.

El otro grupo lo representaban aquellos cuyo objetivo era implantar un régimen revolucionario. Varias generaciones de dominicanos se dedicaron, incluso a veces, al precio de sus propias vidas, a la búsqueda de ese paraíso perdido.

Una parte de esos hombres se dieron a la tarea de combatir con las armas en la mano la democracia que llamaron burguesa. En nombre de una sociedad que sólo existía en sus cabezas, se combatía todo lo existente. No éramos, desde luego, una excepción. Todo el continente se hallaba en llamas. Hubo guerrillas en Brasil, con Mariguela. En Chile, con el Mir, en Argentina, con los Montoneros; en Uruguay, con Tupamaros, en Perú, con Sendero Luminoso; en Colombia, empezó con Camilo Torres y aún no acaba; en Nicaragua, en Guatemala, en El Salvador e incluso en México.

El derrumbe del socialismo real el 9 de noviembre de 1989, la desaparición de la Unión Soviética, y el surgimiento de 25 nuevas repúblicas desgajadas del régimen anterior y la desaparición del bloque de países socialistas, y la conversión de China en un capitalismo de Estado, todas esas circunstancias debieron, sin más, ponerle punto final a las viejas utopías, y hacer olvidar las formulas mágicas y de último minuto, y la exaltación de los baños de sangre, tras los cuales vendrían ahora lo sabemos una falsa primavera.

En el proyecto colectivo que se mantuvo vigente ya nadie creía que se pudiere cambiar a la sociedad a partir del Estado ni que se pudiere fabricar un hombre nuevo con ideas políticas.

El sueño de todas las personas que vivían en sociedades del socialismo real era convertirse en clase media. En los guerrilleros, en los políticos y en los intelectuales que trataron de importar por piezas o totalmente, el socialismo cubano, libio, coreano o albanés.

En realidad, la utopía estuvo siempre con nosotros como la rosa de Oscar Wilde. La verdad siempre estuvo ahí y había sido ignorada. Era convertirse en persona de clase media. Es decir, tener confort, trabajo, educación y la seguridad social. En el decenio de 1970, muchos dominicanos accedieron a la clase media. Ningún razonamiento podría llevarnos a algo superior.

Aun cuando muchos no puedan prescindir del sectarismo y prefieran volver a la antigua mentalidad, los odios de aquella época se han desvanecido. No es el sistema político el factor de preocupación de los dominicanos. Es que nuestro territorio evolucione hacia un capitalismo popular, donde mediante el esfuerzo, el mérito, el trabajo, la educación se pueda entrar en una regeneración de la sociedad.

¿En qué tipo de sociedad queremos vivir?

La segunda pregunta que perturba nuestro presente, es ¿en qué tipo de sociedad queremos vivir?

Involuntariamente, sin que los dominicanos se lo hayan propuesto el hundimiento de la nación haitiana se convierte en un factor que amenaza la supervivencia de la Independencia dominicana.

Los tres factores fundamentales sobre los que se asienta ese Estado nación se hallan en crisis terminal, sin que la intervención internacional haya solucionado ninguno de los grandes desafíos.

El territorio se encuentra brutalmente devastado. A pesar de ello, la porción 1% de capa boscosa que aún le queda a los haitianos se depreda a un ritmo de un 4% anual. Haití consume 6 millones de metros cúbicos de madera por año. Toda esta devastación se ha desplazado a nuestro país. Según un informe de la Agencia para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas (2013), el 75% de la población haitiana—pocos más de 8 millones de personas—emplea el carbón vegetal diariamente. El 85% de todo ese carbón, más de 50 mil toneladas, proviene de la República Dominicana. Según la Encuesta ONE (2012), el 65% de los inmigrantes haitianos en nuestro país utilizan en las zonas rurales el carbón vegetal.
La población tiene el más alto índice de desempleo 70%; los mayores índices de insalubridad y de pobreza en todo el continente, y la mayor proporción de analfabetos (66%). Esta población se desplaza a la República Dominicana tras las conquistas sociales del pueblo dominicano: empleo, salud, educación. Como consecuencia de ello se produce una desnacionalización del empleo, se despoja de los servicios sanitarios a las capas más empobrecidas de los dominicanos.
El Estado haitiano constituye una auténtica ficción que no provee servicios ni de salud ni de seguridad ni de educación. Según Foreing Policy, Haití se halla en el ranking de los 10 Estados más frágiles o fallidos del mundo. Si a estas realidades se añaden del deterioro total de las infraestructuras, la carencia de riqueza apreciable, el narcotráfico, la presencia ominosa del crimen organizado. No tiene control del territorio ni de sus ciudadanos y ha centrado todo su esfuerzo en que una intervención internacional obligue a la República Dominicana a cederle su territorio.
El proceso de colonización de la República Dominicana nos plantea el más grave desafío a nuestra generación. ¿Debemos permitir que se exporten los problemas haitianos a República Dominicana para llevarnos a un estadio de los hechos consumados? ¿Debemos aceptar la anulación de los resultados históricos de nuestra Independencia, dándole cuerpo al Estado binacional que promueven Vicini- Acra, apadrinados por la Fundación Clinton o a cualquier fórmula para llegar a un Estado federal?

La comunidad internacional representada por la MINUSTAH y las naciones que han asumido el apoyo a ese país han llegado a la conclusión de que han fracasado rotundamente. Todos los fondos invertidos en ese país se han volatilizado. Todos los grandes planes se han vuelto aguas de borrajas; todos los esfuerzos de las ONG ha contribuido a perpetuar la miserable condición de la víctima; las fuerzas internas del país no son capaces de actuar responsablemente. Poseído de una mentalidad de asistido social y enfrentado a la ambivalencia de los dominicanos, los grupos que favorecen esta colonización extranjera han ido ocupando las instituciones encargadas de las tareas de inmigración, reclutando funcionarios, abogados y moviéndose como las fuerzas subyacentes de todo este proceso.

Los partidos se hallan cabalmente desconectados de propósitos nacionales. Sin rumbo político, sin proyecto, sin ideales. Han quedado como la expresión de ambiciones personales

Frente a ese descalabro, el mando político prefiere ignorar el problema. En silencio, se nos quiere imponer la obligación de continuar per secoula secoulorum la política de servir de plataforma a ese desplazamiento humano, aun cuando la nación se hunda .Ninguno de los problemas haitianos pueden resolverse en el marco de un Estado federal, privando a los dominicanos de su libertad, de su territorio y hundiendo su nación. Nos encontramos ante el acontecimiento de mayor relevancia que generación alguna haya enfrentado.

El peor desastre que puede ocurrirle a un país es la claudicación de todo su liderazgo. Marx decía que ” Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado.· Pero , ¿qué hacer ante la incomprensión del presente, ante la renuncia al pasado? Hasta ahora las indecisiones y ambivalencias los han llevado a dinamitar la frontera jurídica, renunciando a la aplicación de la Constitución y las leyes, y a disociar la nacionalidad de la identidad nacional.

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