Juan Guaidó… una cantinflada

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Por: Rafael A. Escotto.

Al canciller argentino Felipe Solá
«¡A sus órdenes jefe!» Cantinflas

Recuerdo haber visto la grandiosa y divertida película protagonizada por Mario Moreno Cantinflas Si yo fuera diputado, que interpretaba a un barbero que estudia leyes, racias a su facilidad de palabra. El film muestra la corrupción política que existía enesa época y la cual no es distinta hoy en día.

Enciendo el televisor, pongo el canal TeleSur y observo asombrado un grupo de iputados de la oposición de copeyanos y de populistas social emócratas en desorden tratando de juramentar un nuevo bufete directivo de la Asamblea Nacional y otro grupo de diputados de los mismos partidos encabezado por el presidente de la Asamblea Juan Guaidó intentando penetrar al edificio del Congreso de Venezuela a empujones y mordidas para evitar un presunto golpe legislativo entre ellos mismos.

Desde afuera del edificio de la Asamblea el pueblo observaba muerto de la risa aquel grupo de payasos dándose codazos, mordeduras, patadas, trompadas, trepando las verjas que rodean el edificio. Verdaderamente aquello dejaba claro que Venezuela no tiene una oposición mentalmente sana ni políticamente cohesionada.

Haber tratado de arrojar de la Asamblea de la República Bolivariana de Venezuela al personaje político llamado Juan Guaidó le iba a quitar la diversión a una sociedad que necesita entretenimiento para poder tolerar los trastornos psicológicos y políticos que le causan los continuos hostigamientos que le llegan desde afuera y desde adentro del país.

Escoger como presidente a un político como Guaidó fue subestimar la capacidad de movilización y de respuesta del pueblo venezolano. Un diputado a quien se le ve sentado en la presidencia de la cámara merendando en pleno debate senatorial, lo que significa una falta de modales y también haciendo muecas, desdice mucho de su refinamiento social.

Este hombre actúa como si fuera una persona intocable que se ha llegado a creer que puede ser exculpado por sus compañeros de hemiciclo, como sucedió con aquel sacerdote de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, absuelto de pederastia por los tribunales del Vaticano.

El intento reciente de expulsión de Guaidó se parece al destronamiento del ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi por el fraude fiscal en el caso Mediaset, lo que fue considerado el acto final de su carrera política. No sabemos cuál será el último acto político de este hombre tan comediante. El caso de Guaidó me lleva a la tragedia de Hamlet, de Shakespeare, y su frase famosa «ser y no ser».

Siempre Juan Guaidó ha sido visto como un individuo que no siente ninguna vergüenza y reivindica el nudismo político como forma artificial para vivir. Parece no haber mesura en sus actuaciones. Todo en él es teatro. Se le observa disfrutar plenamente de su «cargo» hasta sentir que es un real presidente de Venezuela. Esto me conduce a una frase del pintor y poeta francés Francis Picabia que nos dice: «Conocí a un rey con demencia precoz cuya locura consistía en creerse rey».

Guaidó nunca ha sido elevado a la verdadera categoría ni de diputado ni de jefe de Estado, pero él en su estado paranoico cuando se vio casi derrotado en la Asamblea y sin los abrazos de sus partidarios que es lo que parece encantarle y cuando sintió que casi se quedaba sin lo que significa su diversión seguidamente pidió ayuda al dios Sol, como hizo el tercer rey de Roma Tulio Hostilio a Júpiter.

Pienso que Juan Guaidó se ha encariñado con la hipotética designación de presidente, hasta el grado que se le oye repetir entre sus compinches aquella palabra del actor y cantante australiano Hugh Jackma: «Me encanta hacer el tonto. Me gané la vida como payaso en fiestas infantiles durante unos tres años».

Hará unos años que leí una novela de ciencia ficción de la autoría del escritor estadounidense Larry Niven titulada Mundo anillo. A lo largo de mi lectura encontré una frase de su autor y no sé por qué la asocio con Guaidó, veamos: «¡Eran marionetas! El enorme, desconocido y racional maestro titiritero les hacía mover los brazos y las piernas y les llevaba de un lado a otro según los dictados de un guion desconocido».

Este señor Guaidó, aunque pretendiera igualar al cómico mexicano Mario Morenob Reyes no llega ni siquiera a Cantinflas.

Tratando de parafrasear al comediante Arthur Fleck, de la película Joker, debo decir que Juan Guaidó no sabe si realmente su personaje existe en el sistema político de Venezuela; me di cuenta lo mucho que me haría falta este gracioso folclorista de la política suramericana cuando supe que le habían expulsado de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela.

Luego reapareció de nuevo Juan Guaidó o Pepeslavia con quince diputados como en la película Su excelencia, protagonizada por Cantinflas, y recobré mi alegría de volver a ver a mi comediante favorito, esta vez en su afán de imitar al cómico estadounidense Red Skelton, como si el país sudamericano fuera aquel teatro de variedades francés de la vodevil de fines del siglo 19.

Una cantinflada diría: ¡Ahí está el detalle! Que Juan Guaidó no es ni lo uno ni lo otro, ni todo lo contrario.