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lunes, octubre 26, 2020

El ejercicio del odio contra el país

Ciudadanos con lealtades extra nacionales.
El 13 de noviembre del 2015, un grupo de ciudadanos franceses de origen magrebí, asesinaron a 130 personas e hirieron a 413 en París. Las repercusiones de ese acto de guerra pudieron ser mayores si los tres comandos, que atacaron al mismo tiempo, hubiesen llevado a término todo su proyecto de destrucción. El 7 enero del 2015, un grupo de cuatro terroristas obedeciendo a los propósitos de un Estado extranjero exterminaron la plana mayor de un periódico satírico, Charlie Hebdo, dejando tras su espectacular ataque diecisiete cadáveres. El 14 de julio, día de la fiesta nacional de Francia, un lobo solitario, manipulado por los ideólogos del Estado islámico, masacró a 84 personas con un carguero e hirió un centenar.

¿ Qué cosas tienen en común todos estos actos de barbarie? Todos fueron realizados por personas que poseían la nacionalidad francesa, pero que se hayan emocionalmente desvinculados de la cultura, del proyecto, de la historia de esa sociedad. Han obtenido la ciudadanía francesa, no para incorporarse a su sociedad ni para asimilarse a su cultura ni a su vida, sino para atacarla desde dentro. Es el despliegue de un enemigo interior, impregnado de un ideario destructivo de ese Estado nación. En algunos casos, se han valido de su tradición secular, de sus libertades, de sus ideales democráticos, de sus fragilidades religiosas, para imponer su tradición religiosa, el velo en las mujeres y los mataderos musulmanes. Así, en ciudades como Marsella o París, mientras las monumentales iglesias y catedrales permanecen vacías; y las mezquitas están llenas de una población que sueña con la conquista de ese territorio.

En las afueras de París, se concentran la mayor porción de estos ciudadanos, que manifiestan su odio al país, desprecian su himno, su bandera, sus símbolos, sus tradiciones. En el año 2005, para burlar un control de documentos, dos adolescentes de origen norteafricano, se escondieron en un emplazamiento de transformadores eléctricos, y murieron electrocutados. Tras este hecho se produjeron manifestaciones extraordinarias durante veinte noches corridas, en las que fueron incendiados 8.973 vehículos; los daños materiales fueron cuantiosos. Se destruyeron propiedades públicas; las ciudades de los extrarradios parecían hogueras llameantes. Todos esos motines fueron realizados por jóvenes hijos de extranjeros, que desprecian ese país. Se trata de una sociedad rota, que ha renunciado a la lealtad al proyecto nacional. Cuando la nacionalidad se entrega a grupos humanos que no tienen ninguna intención de incorporarse a la sociedad, se produce una fractura social. Se rompe la unidad y la cohesión de la nación. En ese espejo de nieblas horrorosas debemos vernos los dominicanos. Como decía Simung Freud , la historia no acaece para consolarnos, no nos quita las penas, ni nos puede libertar de la tragedia.

En nuestro país, los inspectores de Migración han quedado privados de aplicar las leyes de la República y la autoridad del Estado ha sido burlada copiosamente. En Punta Cana, en Santiago, en Santo Domingo los haitianos ilegales enfrentan a tiros a las personas encargadas de repatriarlos. Se enzarzan en pedreas con la Policía. En Montreal (Canadá) (5/3/15),en Nueva York, los haitianos se manifiestan pidiendo el boicot al turismo que viene a República Dominicana. Las violaciones, las muertes y los roces con esta población han crecido enormemente. En San Víctor (Moca) los haitianos quemaron y profanaron la bandera dominicana, en una ceremonia de gagá que suelen repetir cada año durante la fiesta de carnaval y de la cuaresma.. En Barahona los escolares haitianos se niegan a cantar el himno nacional y, en muchos casos, suelen llegar después de las 8 de la mañana. En Villa Central, el profesor Robert Batista Féliz ha sido agredido a pedradas y a palos por haber exigido que antes de penetrar en el aula deben entonar las notas del himno nacional (El Nuevo Diario, 11/7/11). Un grupo de haitianos agredieron a los médicos del Hospital Arturo Grullón en Santiago (El Nacional; 13/8/15). En un cable secreto de la Embajada de Estados Unidos, dado a la estampa por Wikileaks, se transcribe una conversación privada entre el Presidente Fernández y el Secretario de Estado, Patrick Duddy, en la que Fernández revela que en su visita a Puerto Príncipe, del mes de diciembre del 2005, trataron de matarlo ( Wikileaks, 11/1/06) .

Una vez que los haitianos se hallen provistos de la nacionalidad dominicana, se incorporan a las ONG y proclaman la necesidad del intervencionismo internacional. Se proponen combatir nuestra identidad en todos los foros y conferencias internacionales; se vuelven peones de otros Estados que se han propuesto anular nuestra autodeterminación; constituirse en una mayoría en el territorio dominicano ha sido el proyecto de esa población.

El procedimiento para obtener la nacionalidad dominicana en estos extranjeros y sus descendientes no ha sido una naturalización alcanzada, tras un proceso de incorporación a la sociedad, de aceptación y arraigo en su historia y en sus tradiciones, sino un acto de fuerza y una chapucería jurídica impuesta por el intervencionismo internacional, por el miedo del Gobierno y por el chantaje de las ONG. No es la integración a nuestra sociedad lo que les interesa, sino su desintegración.

Se da por descontado que los haitianos con papeles dominicanos son la vanguardia de todo ese movimiento han encontrado en el combate a la República Dominicana un modus vivendi y una forma de anudar la lealtad con la patria de sus padres con la que se encuentran hermanados por vínculos consanguíneos, por enlaces maritales y por prácticas culturales. En realidad, esos haitianos que emplean jurídicamente la nacionalidad dominicana para combatirnos desde dentro se mueven por el resentimiento y por el odio que sienten por nuestra identidad.
¿Por qué una porción importantísima de dominicanos se ponen al servicio del intervencionismo internacional tratando de anular la soberanía del pueblo dominicano? ¿Con qué argumentos se manipula a los que participan en esa operación? Veamos, punto por punto, cada uno de los argumentos con los que se ha justificado la deslealtad al pueblo dominicano.

Los derechos humanos no suprimen la soberanía de los Estados.

Ya hemos explorado cómo los haitianos y sus mentores han empleado nuestras creencias cristianas, en todo su trasfondo humanista, para ponerla al servicio de nuestra desintegración. De este modo, se ha impuesto un punto de vista, un esquema, dominado por una sociedad abstracta, en la que los hombres renuncian a sus fronteras y se realizan la reconciliación de todas las sociedades, bajo la pretensión abstracta que las creencias cristianas: mansedumbre, generosidad, bondad y los derechos humanos deberían desarmar completamente a todas las sociedades de sus mecanismos de defensa. Los que así piensan, practican una compasión selectiva: despojan a un pueblo de sus derechos, de sus libertades, de su territorio, para traspasársela a otro pueblo distinto. Como si la felicidad y el porvenir de un pueblo deberían fundarse en la opresión y en la tragedia de otros. Se trata del ejercicio de una justicia tuerta. Nuestras élites políticas y económicas reivindican su derecho a experimentar. Ahora, borrachas de neoliberalismo, imaginan un Estado binacional, federal o una fusión con el vecino— si ni siquiera consultar al pueblo. La soberanía dominicana no es propiedad de una familia ni de un grupo de empresarios ni de un político mesiánico. La soberanía es indivisible, imprescriptible y radica en el pueblo dominicano. ¿Qué es lo que nos pasa? ¿No somos una nación soberana? ¿No tenemos derecho a determinar nuestras políticas migratorias? El ministro en funciones del Gobierno Provisional de Haití, Pierre Deloitte, proclamó que la prórroga de los carnés del Plan de Regularización fue una exigencia de su gestión, y la exhibe, de manera fanfarrona, ante el público haitiano, a la par que para mantener viva la llama de su odio, renueva la veda comercial a los productos dominicanos para mostrar que ni siquiera hubo contrapartida.

Ningún país disuelve su soberanía por negocios

Uno de los argumentos que invocan para proclamar la desaparición de nuestra Independencia son las llamadas relaciones comerciales con Haití. Se quiere asentar la idea de que las supuestas ventajas que tiene el comercio dominicano en Haití deberían llevarnos a desmantelar nuestra soberanía, a meter debajo de la alfombra nuestros intereses. El Gobierno haitiano ha convertido este comercio en un método de extorsión. Desde hace algunos años, con la veda de los pollos, los plásticos y otros veintiún productos hemos vivido metido prolijamente en una maniobra que trata de convertir a los comerciantes que venden huevos, cemento, plásticos en padrinos de los inmigrantes ilegales, aún sea a expensas de condenar a su población a privaciones mayores. Las prohibiciones y trabas al ejercicio del comercio tienen como objetivo humillar, convertir su ejercicio de poder en un mecanismo para sustraerle renta a un pueblo empobrecido, aun cuando con ello, aumente el desamparo de su población.

Los más fantasiosos se llenan la boca de palabras grandilocuentes: Haití es el principal socio de la República Dominicana; echan al vuelo la idea peregrina de que la economía dominicana perecería en caso de que ese comercio desapareciera . Era, en realidad, todo lo contrario. La República Dominicana exporta en remesas de los inmigrantes ilegales haitianos el 1% del Producto Bruto Interno de ese país. Es una proporción extraordinaria de recursos sólo superada por los inmigrantes haitianos radicados en Estados Unidos.

Desde el mundo exterior se ve a Haití no como el Jauja que hará prosperar a un socio comercial, sino como un inmenso agujero negro que ha devorado todos los planes de recuperación, las ayudas de la Comunidad Internacional, que ha vuelto cenizas todos los esfuerzos humanitarios que se han emprendido para el rescate . Un cementerio de proyectos. Si n rumbo económico, sin rumbo político y sobre todo, sin un polo de autoridad.

Las semejanzas raciales no eliminan las diferencias nacionales.
Otros de los argumentos empleados ha sido la idea de que presentando a los dominicanos como personas de origen africano, las barreras que separan a las dos naciones que se reparten la isla de Santo Domingo serán derribadas. Se olvida que los dominicanos somos un pueblo nacido de la implantación europea, africana y aborigen. Que, pese a esos orígenes diversos, no somos naturaleza ni mera biología, sino que somos cultura, historia. En contraste con Haití, los dominicanos no fraguaron una Independencia para privar a los hombres de raza blanca del derecho de nacionalidad y propiedad, ni nos hemos planteado el exterminio de un grupo racial, tal como ha acaecido en muchos momentos de la historia haitiana.

En un estudio dado a la estampa por la Academia Dominicana de la Historia y National Geographic (5 de julio 2016, Diario Libre) se expone la idea de que el 49% de los dominicanos tiene ancestros africanos, en el 39% prevalece la herencia biológica europea y que sobrevive un 4% del ADN mitocondrial indígena. Desde luego, estos datos no cambiarán, la mentalidad de los dominicanos ni tienen un carácter vinculante ni deben llevarnos a vaciar la soberanía nacional de su contenido.

Un país en su conjunto puede hallarse sometido a la ignorancia, desmoralizado por la pobreza y la ausencia de porvenir, envilecido y corrompido por el clientelismo político, desinformado y desorientado por sus medios de comunicación, despreocupado de su propio destino, aceptando como un canalla el aplazamiento de las cuestiones graves y viviendo sin proyecto y sobre todo, perplejo, desconectado de su realidad. Tal es la circunstancia que viven los dominicanos. Sus dirigentes políticos, irresponsables, sienten que el destino de su país no está en sus manos. Que deben colocarlos en las decisiones de los poderes exteriores.

El país, por otra parte, siente que se toman decisiones en la clandestinidad. Se aprueba la prórroga de la Ley de Naturalización, cuyos efectos habían cabalmente concluido. Y sin que opere otra ley semejante, con una medida administrativa del Ministerio de lo Interior. De manera inconstitucional. Ilegal. En la medida en que los medios de comunicación han sido reducidos a la servidumbre, ya por el predominio de la propaganda y la publicidad, ya que los propios periodistas se han transformado en relacionistas públicos de los poderes constituidos, con el objeto de manipular y fabricar una opinión. . Desacreditar a las personas que defienden los intereses de la República Dominicana es una opinión prefabricada que campa por sus respetos en la prensa dominicana . ¿quién podría sustentar la tesis de que la mera declaración contra el propósito de nuestra disolución, nos vuelva reos de las peores degradaciones morales, tal como ha manifestado del Ministro de lo Interior, Ramón Fadul? Sorprende, desde luego, la ceguera del liderazgo político.

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